Lavapiés, el nuevo barrio de la vieja ciudad (2da parte)



Por Nelson Medina Nina

Tal como dije en la entrega anterior, tras el asfaltado de la prolongación de la calle Bernardo Aliés (carretera a Sainagua), los residentes en ella hicieron mejoras a sus viviendas, construyéndoles verja de block y de hierro, marquesinas para vehículo (en algunas), y también, como no decirlo, la construcción de un segundo nivel.


Lavapiés inicio así su reconfiguración física, pero sólo en sus dos principales calles: la Teo Cruz y la prolongación Bernardo Aliés). Las demás calles siguieron caracterizadas por el abandono, hasta bien entrada la década de los 80, convirtiéndose en un infierno de lodo cuando caía una lluvia, por ligera que ésta fuera. Recuerdo que a mediados de los años 70 acostumbrábamos a ir de madrugada al barrio a dar serenatas, y en ocasiones fue necesario que metiésemos los pies en fundas plásticas, para no dañar los calzados con el tedioso lodo de las calles.


Cuando se asfaltó la Bernardo Aliés, fue famosa la casa donde residió el señor Francisco Nivar Seijas, alias Pachón, el cual, de ser un consuetudinario consumidor de agua ardiente, pasó a ocupar el puesto de coronel activo de la Policía, con mucho poder, dado que su hermano, Neit Rafael Nivar Seijas, entonces era el todopoderoso Jefe de la Policia Nacional. La casa es de dos niveles y muy espaciosa. Todavía existe y mantiene su esplendor.


Posteriormente fue adquirida por el empresario Orlando Mejía Ortiz, ex presidente de la Cámara de Comercio de San Cristóbal, quien residió en ella hasta su partida hacia Estados Unidos, hace algunos años.


Donde ahora se ubica la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, precisamente frente a la casa del coronel Pachón Nivar Seijas (EPD), existió un establo donde se ordeñaba el ganado del dictador Trujillo, hasta los días posteriores a su muerte. Esa propiedad fue adjudicada a la iglesia católica, que convirtió la edificación en lo que es hoy la referida parroquia, donde, además, funciona un importante dispensario médico que presta un importante servicio social a toda la comunidad.


Justo entre la parroquia y los edificios multifamiliares, existió un gran árbol de almendra, el cual sirvió durante mucho tiempo como punto de referencia, para ubicar a las personas que no eran del sector. De ese árbol queda, como vestigio mudo, un pedazo de su tronco seco.


Posterior al inicio de la operación de la parroquia, el señor Alberto Dessangles, propietario heredero del Cine Duarte, ubicado frente al parque central de San Cristóbal, adquirió un terreno al lado de la parroquia Nuestra Señora de la Paz, en el que construyó el Cine Sánchez, que no fue muy exitoso, cerrando sus operaciones al poco tiempo. En la actualidad funciona una iglesia evangélica pentecostal.


Los terrenos comprendidos entre el play La Barranca y el rio Nigua, fueron propiedad de una tía paterna de mi padre, llamada Sinita Medina (EPD), la que decidió venderlos como solares, a precio de “vaca muerta”. Cuando mi padre quiso intervenir para ayudarle a sacar mayor provecho, ya era tarde. Recuerdo que en esa área habían muchas matas de coco, bien altas, como expresión de los años de su existencia.


Una entidad que tuvo mucha influencia en el mejoramiento de las condiciones del barrio de Lavapiés, por parte de las autoridades locales, lo fue el Club José María Cabral, donde se destacaron los hermanos Lluberes, el ex senador Tommy Galán y otros jóvenes de entonces. El Club, además de promover la práctica del deporte y la cultura popular, hacia exigencias especificas a las autoridades, en la dirección de lograr mejorías concretas en el barrio.


Junto al Club, otro que tuvo una importancia cardinal en denunciar los males del barrio y la exigencia de darle solución a los mismos, lo fue el periodista William Alcántara, quien editaba el fascículo “Lavapiés en Marcha”, el cual salía todos los meses, impreso a mimeógrafo (una especie de “imprenta” artesanal), y que William distribuía personalmente, de manera gratuita, montado en una bicicletica que tenia.

Así fue mejorando el barrio. Surgieron nuevas viviendas y nuevos negocios.


Recuerdo el taller de artesanía que tenia la madre de Tomas Espinal, dona Pura Rivera, al lado de El Comedor, en la calle Teo Cruz. Don Vinicio Galán instaló una distribuidora de electrodomésticos, donde ahora existe una distribuidora de motores. Doña Efigenia Febrillét, madre de Daniel Peña, puso un negocio, dos esquinas más al sur de El Comedor, que se convirtió en una esquina de referencia para el transporte público: “déjame en la esquina de Efigenia”, así decían los pasajeros. A la muerte de doña Efigenia, su hijo Daniel puso una banca de apuestas.


En la primera mitad de la década de los 80, fueron famosos dos bares que se instalaron en la parte baja de Lavapiés, muy cerca de la cañada. Creo que fueron propiedad de la familia Penn. Era muy frecuente la presentación de Johnny Ventura, Cheche Abreu, el Sonido Original de Luisito Martí y Anthony Ríos, entre otras orquestas. A esas fiestas venía público de todo San Cristóbal, de Santo Domingo, Yaguate y Cambita. Se hicieron famosas porque se celebraban un jueves, día de trabajo. En ello radicó su éxito, el cual siguió hasta que las trifulcas entraron en escena.


Recuerdo que en el área donde ahora está la iglesia de “Los Mormones” y una instalación de EDESUR, existió una terraza amplia, que fue regenteada por el empresario Esteban Báez (iniciador de Magis Disco), donde también se celebraban fiestas con grandes orquestas de Santo Domingo. Quien esto escribe llegó a tocar fiestas en esa terraza, con una agrupación musical que dirigía, llamada Resumen (este grupo existió mucho antes que el que dirigió Hamel Tejeda). Fui músico en mi juventud.


Lavapiés tuvo el primer “concho” urbano de San Cristóbal. Eran unos minibuses que iban desde los inicio del barrio, cerca de la cañada frente al Matadero, en la prolongación Bernardo Aliés. Subían por la calle General Cabral hasta la calle Padre Borbón, hasta llegar al Mercado Modelo. Doblaban hacia el norte, por la calle Pedro Renville hasta llegar a La Armería, que ya era Zona Franca, para regresar a Lavapiés por la avenida Constitución. Recuerdo que para ir a la finca de nuestro padre tomábamos el concho frente a nuestra casa materna, en la Constitución, y nos dejaba en El Comedor, desde donde caminábamos un par de kilómetros en la calle Teo Cruz.


El huracán David, en 1979, tuvo efectos devastadores en el barrio. Recuerdo mirar todo el sector desde la montaña de El Cerro, dos días después del huracán, y todo parecía como si hubiese caído una bomba de alta potencia. No quedó una casa con techo y una mayoría fue destruida totalmente. Todos los arboles estaban en el suelo. Fue un panorama desolador; pero Lavapiés resurgió como el ave Fénix, con mayor fuerza, convirtiéndose en el pujante sector que es hoy.


Mi padre me contaba que el nombre de Lavapiés se debe al hecho de que los campesinos de Sainagua y sus parajes aledaños, acostumbraban a caminar desde sus lugares de origen con los zapatos en las manos, y cuando llegaban a la cañada se lavaban los pies y se ponían sus zapatos, para llegar al pueblo.


La cotidianidad de ayer constituye las narraciones históricas de hoy. Así es la vida. Las refresco aquí, para que no se olviden con el paso del tiempo

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